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[Columna] EL ALA OSCURA DE LA CASA BLANCA – El Súper Tazón… o la esquizofrenia militarista tras un balón

Publicada originalmente en El Ciudadano, el 8 de febrero de 2016, en El País de España el 10 de febrero de 2016, y en ContraPunto de El Salvador, La Nación de Chile, y Radio Cooperativa de Chile el 9 de febrero de 2016,


New Retrato 200x200 Patricio Zamorano Columna El Ciudadano Version C (3)El Super Bowl de este fin de semana regaló desde un homenaje de orgullo negro a los radicales “Panteras negras” hasta una celebración al militarismo más imperialista de Estados Unidos

Patricio Zamorano, desde Washington DC

 

Beyon
Foto tomada en los camarines del Estadio Levi, de la mamá de Beyonce rodeada por las bailarinas de boina negra y con el puño en alto. Orgullo negro.

Se generó en un tema de horas el choque de fuerzas que conviven como vástagos de un mismo árbol confuso en la sociedad estadounidense. Es cierto que Beyonce generó un quiebre importante con la superficialidad habitual del mundo del espectáculo de Estados Unidos. Este domingo 7 de febrero, en el show de medio tiempo en el partido de la final del futbol americano entre las Panteras de Carolina y los Broncos de Denver, la show-woman bailó con un grupo de mujeres vistiendo uniformes militantes rememorando a los proscritos “Panteras negras”. Es cierto también que lució una gran X en su pecho, y todas las bailarinas en formación homenajearon el apellido del gran radical Malcolm X, defensor hasta con la vida de la igualdad racial y la militancia negra de los años sesenta. La canción de Beyonce, “Formation”, es una denuncia a la discriminación y la injusticia que aún plaga la experiencia de la hermandad afro-estadounidense.

Pero en el mismo acto deportivo y de show business, una Lady Gaga transmutada de su contracultura travesti, ídola de la igualdad de género y de la sensibilidad gay de EEUU, entregó un himno nacional patriota que, en su momento cúlmine, saludó el paso de bombarderos de los marines, que en formación pasaron rozando el estadio, los mismos aviones poderosos que han sembrado de explosivos los sueños infantiles de pequeños iraquíes, pakistaníes y afganos.

¿No es acaso un quiebre de las ideas y del espíritu esta mezcolanza de imágenes superpuestas en un paroxismo brutal? Los medios destacaron en los dos extremos del espectro las lecturas semióticas de un Super Bowl ya mítico: mientras el progresista AlterNetl.org denunciaba la celebración hecha al más puro estilo imperialista y la militarización intensa del Estadio Levi, el ex alcalde de NY, el derechista Rudy Giulani, despotricaba en el New York Daily News contra Beyonce, calificando su show como “escandaloso”. Totalmente fuera de sintonía con lo que ha sido el movimiento “Black lives matter” que pretende denunciar el componente racial de la brutalidad policial, los comentarios de Giulani son de otra dimensión: “Esto es fútbol, no Hollywood, y yo pensé que fue realmente indignante que ella lo usara como una plataforma para atacar a los policías que son las personas que la protegen a ella y a nosotros, que nos mantienen con vida”. Agregó que “lo que deberíamos estar haciendo en la comunidad afro-estadounidense, y en todas las comunidades, es haciendo crecer el respeto por los agentes de policía”. Ni una sola palabra sobre las víctimas fatales de raza negra que han caído bajo la bala fácil de policías blancos. Nada de sensibilidad. El mundo moral al revés.

Este Super Bowl, como la mayoría de los eventos masivos televisados de Estados Unidos, y como la mayoría de los eventos deportivos en el país, se proyectó como un bastión de propaganda de guerra. Un coro de media centena de soldados de todas las ramas militares abrió el show. La pantalla del estadio hizo alusión a las fuerzas desplegadas en Afganistán. El gigante de las armas Northrop Grumman mostró un aviso en la televisión, horario premium de todo EEUU,  promocionando sus nuevos bombarderos de última tecnología…

No es de extrañar. Es público que algunos equipos de la NFL recibe pagos del Departamento de Defensa para difundir sus mensajes. Y en cada juego de béisbol del país, en cada estadio de jockey, en los barrios, en las escuelas, se detiene la acción antes de empezar cada partido para cantar el himno nacional y saludar “a las tropas de Estados Unidos, que protegen nuestra libertad y nuestro estilo de vida”, contagiando de patriotismo idealizado las almas de millones de niños y niñas que ven en el uniforme la consagración del deber ser. Nadie habla del deber de asesinar a prójimos inocentes con ropas árabes en los desiertos del Medio Oriente, del Síndrome Post-Traumático que lleva al suicidio y al asesinato masivo a los veteranos, una vez de vuelta del infierno de la guerra, en las tierras estadounidenses. Nadie habla de la paz. Nadie habla del respeto a la humanidad y dignidad intrínseca de todo hombre y mujer de este planeta, no importa su nacionalidad, no importa su religión. La alegría del deporte, la alegría del canto y el baile pop, en un profundo paroxismo de locura ante el canto profundo de los cañones y el gemido cruel de los fusiles.

A propósito. Ganaron los Broncos…