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[Columna] El autogolpe de Donald Trump (El Mostrador)

Publicado originalmente en “El Mostrador” el 21 de febrero de 2017


Análisis cuando se cumple un mes del inicio de uno de los gobiernos más polémicos de la historia de Estados Unidos.

Patricio Zamorano
Desde Washington DC

Columna AutoGolpe Trump Patricio Zamorano El Mostrador

Estas han sido sin duda las semanas más caóticas que cualquier otro inicio de gobierno en la historia de Estados Unidos. El “estilo Trump”, extrapolado peligrosamente desde la praxis electoral, ha mostrado una enorme debilidad programática. Su decreto contra la emigración y los refugiados desde siete países musulmanes fue bloqueado por el Poder Judicial. Renunció su candidato a liderar la Secretaría del Trabajo ante la oposición generalizada en el Senado, incluyendo miembros de su propio Partido Republicano. Y ahora su asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, fue separado de su puesto a menos de un mes en el trabajo por mentir sobre sus contactos con autoridades rusas.

Todos estos hechos no han mermado, sin embargo, el avance a marcha forzada de claros elementos ideológicos que definen el mundo de Trump y de los principales asesores de los que se está rodeando. Ante toda la variedad confusa de eventos protagonizados por el empresario de bienes raíces, es útil encontrar un punto fundamental para entender la forma en que Trump está construyendo su imperio político desde la Casa Blanca: Trump odia al Estado.

Y ahora él domina ese Estado.

Férreamente bajo su mando, por lo menos en el Poder Ejecutivo y con apoyo importante desde los sectores conservadores en el Legislativo, planea desarticular al Estado a como dé lugar, mientras la democracia estadounidense le permita mantenerse en el poder.

El Estado como estorbo a los negocios

El Estado ha sido su enemigo desde que tiene recuerdo, desde las regulaciones de bienes raíces que tuvo que enfrentar su propio padre, Fred Trump, que fue demandado por infringir las leyes de anti-discriminación racial en Nueva York, y que enfrentó también la justicia en los años 50 acusado de especulación. Y luego el mismo Donald Trump comenzó su enemistad personal con el Estado, aquel joven que recibió la donación de su primer millón de dólares, regalo de su progenitor, que le cultivó su sentido profundamente ególatra. Ese primer millón se convirtió en mucho menos cuando Trump se dio cuenta que las arcas del Estado le exigían un gran pedazo en la forma de impuestos, y que lentamente le irían consumiendo SU dinero.

Ahí comenzó su sentido de exasperación, cuando sus ansias de crecimiento se bloqueaban año a año con normativas restrictivas de zonas de construcción, estudios engorrosos medioambientales, pago constante de impuestos, leyes anti-discriminación a favor de afroestadounidenses en sus proyectos inmobiliarios de renta de departamentos, leyes laborales, etc. Ha sido así durante los últimos 30 años. Por eso no entrega sus declaraciones de impuestos. Si todas las pistas son reales, comprueban el secreto a voces: utilizó artimañas del código tributario para inflar las pérdidas de sus bancarrotas para no pagar ni un centavo en impuestos. No muy halagador para todos los trabajadores de clase media y baja que Trump dice representar y que cumplen con su obligación con el Tío Sam año a año.

Lo primero: el autogolpe contra el Poder Judicial

Todo lo que está haciendo Trump en estos primeros días de poder confirman plenamente su objetivo principal: usar su Presidencia para concretar un autogolpe contra ese Estado, minimizarlo, debilitarlo, quitarle recursos a las agencias, eliminar las regulaciones estatales, disminuir los beneficios públicos, la inversión social, en salud, en el plano laboral, en el medioambiente. El país ideal de Trump es uno donde el mercado, la empresa privada y la iniciativa individual son las fuerzas movilizadoras. Un país de ganadores, cristiano, racialmente homogéneo, libre de tensiones de clase.

Lo más reciente, es extremadamente simbólico. Ha expresado su desprecio, sin tapujos, contra los jueces federales que han bloqueado su decreto inconstitucional, que impide la entrada a EEUU incluso a residentes permanentes y personas de doble nacionalidad de siete países de mayoría musulmana. Y es simbólica también la expresión que usó tras haber perdido ante el Tribunal de Apelaciones del noveno circuito. “Nos vemos en la Corte”, “I see you in court”,  dijo a través de Twitter, utilizando el tono combativo al que está acostumbrado como constructor y empresario, cuando se ha enfrentado en el pasado a sus enemigos en el mundo de los negocios. Claro que esta “corte” es ahora la Corte Suprema. No un tribunal de arbitraje de NY, a los que estaba habituado.

Líderes de agencias, contra esas agencias

El autogolpe contra el sistema político estadounidense avanza inexorablemente. Absolutamente todos los secretarios (ministros) nombrados por Trump tienen una agenda donde el punto central es debilitar la misma agencia de la que se harán cargo. Acá un resumen:

Fiscalía General: en una lucha infructuosa, los senadores del Partido Demócrata no pudieron frenar la confirmación de Jeff Sessions como Fiscal General. Sessions es un polémico senador del sur de EEUU, que ha dedicado su vida a impedir el desarrollo de los derechos políticos de los negros, incluido su derecho al voto. Incluso la viuda de Martin Luther King, Coretta Scott King, escribió una carta formal en 1986 contra el nombramiento de Sessions como juez federal, debido a las medidas discriminatorias contra los afroestadounidenses ejercidas por el abogado cuando era fiscal de Alabama.

Secretaría de Educación: Trump nombró a una empresaria, Betsy DeVos, que no cree en la educación pública, que no tiene ni la menor idea sobre estándares de formación escolar (así lo dejó en claro durante las audiencias de evaluación en el Senado), que quiere privatizar la relación entre los padres y la formación de sus hijos, y que ha impulsado por años la educación religiosa y privada. Incluso hay discusiones al interior del Partido Republicano ¡sobre eliminar el Departamento de Educación!

Secretaría de Energía: nombró a un hombre del petróleo, Rick Perry, que como candidato presidencial anunció que deseaba eliminar justamente el Departamento de Energía. Perry desea acabar con las regulaciones para que el carbón y el oro negro fluyan sin tapujos medioambientales. Trump se ha apresurado también a aprobar el oleoducto de Keystone, que es criticado ampliamente por su impacto medioambiental, y por los indígenas, que ven cómo la construcción afectará sus tierras sagradas en Dakota del Norte y del Sur.

Agencia de Protección Ambiental, o EPA por su sigla en inglés: su director será el hasta ahora fiscal de Oklahoma, Scott Pruitt, quien viene demandando a la EPA hace años, financiado por las petroleras, para eliminar las normas medioambientales. En una inmoralidad increíble, asume como Director de la Agencia Medioambiental una persona que mantiene demandas legales activas contra esa misma agencia. Y que, nuevamente, pone sobre la mesa la posibilidad de… ¡eliminar la EPA! Todo el ataque medioambiental que se ha frenado estos años, quedará ahora sin tapujos: extracción de petróleo desde bosques protegidos, desde  la línea costera llena de vida marítima, o las pocas zonas virginales de Alaska.

Departamento Salud y Servicios Humanos: el recientemente aprobado Tom Price ha sido por años crítico de los seguros públicos de salud, y su función principal al frente de esta agencia es debilitar al máximo la Ley de Cobertura de Bajo Costo aprobada por el presidente Obama para garantizar justamente el acceso a atención de salud a los más de 50 millones de estadounidenses sin protección.

Departamento del Trabajo: Andrew Puzder renunció finalmente a su opción, envuelto en escándalo, partiendo por el hecho de que admitió (gran ironía) haber contratado a una empleada indocumentada. El responsable de proteger a los trabajadores y las leyes laborales es un empresario millonario que deseaba, desde el ministerio, restringir el salario mínimo.

Respuesta del público de a pie

El trompeteo de Trump bajo ninguna circunstancia se debe considerar una “revolución”, como su círculo intenta articular, o algunos análisis superficiales. Trump cuenta con la reprobación más alta en la época contemporánea para cualquier presidente recién elegido. Ya en la campaña electoral, junto a Hillary Clinton se convirtieron en los peores candidatos en competencia de las últimas décadas. Trump también perdió por una distancia enorme el voto popular, 3 millones menos que Clinton, que sacó la mayor ventaja histórica de alguien que no llegara a la presidencia. Un 70% de los encuestados no concuerda con la forma en que ha realizado su etapa de transición y formación de gobierno. Y más de un millón de almas inspiradas por la dignidad de las mujeres llenaron las calles de Estados Unidos y múltiples ciudades del planeta con la palabra “repudio” a pleno grito.

Todo esto es un frenazo, aunque no una contención permanente, a la neutralización del Estado de parte de Trump. No es hegemónico, pues Trump en su ceguera política basada en la ilusión de infalibilidad de su propio yo, se olvidó que existen ramas de poder que no controla, aunque sí influye: el Congreso, y las cortes del Poder Judicial. En su propio partido, los senadores más históricos, entre ellos el héroe de guerra John McCain, harán hasta lo imposible por arruinarle la borrachera de poder al magnate.

Pero el proceso continúa. Trump está rompiendo todas las normas de la decencia política y la ética pública, nombrando a su yerno como asesor; no creando un fidecomiso ciego para romper con la tentación de sus empresas; manteniendo el hotel en el edificio estatal que, ahora como presidente, se arrendará a sí mismo; y creando un gabinete ministerial lleno de sus amigos millonarios, la mayoría petroleros y de Wall Street.

El autogolpe contra las agencias de inteligencia y los militares

El autogolpe se sintió hace pocos días en el plano militar y de inteligencia. En un acto extremadamente polémico, que se sintió profundamente en el Pentágono, desarticuló el Consejo de Seguridad Nacional, quitando de las reuniones regulares a las dos autoridades que son la esencia de ese grupo, el Director Nacional de Inteligencia, James R. Clapper, y el director del comando conjunto de las fuerzas armadas (“Joint Chiefs of Staff”), Joseph Dunford. Por un lado promete más dinero, por otro golpea al liderazgo militar.

En lugar de los expertos en inteligencia militar, nombró a Steve Bannon, el supremacista blanco, líder mediático del sitio web de ultraderecha Breitbart News, que atrae a los fanáticos de las teorías de conspiración, al racismo estadounidense y quienes desconfían profundamente del Estado, incluyendo las milicias privadas que creen que el Gobierno les quiere quitar sus armas. Breitbart News ventila lo peor del racismo, antisemitismo, la antiinmigración, y todos los “anti” posibles a la diversidad, la globalización y el humanismo progresista. Mucho del mensaje ultranacionalista del lema “Estados Unidos primero” que ha explotado Trump desde que asumió la Presidencia proviene del “aura” de Breitbart News. Todo ese mundo accede al Consejo de Seguridad Nacional a través del personaje Bannon. Trump está dejando fuera del grupo más poderoso de la seguridad y el militarismo de EEUU a generales y autoridades confirmadas por el Senado, para colocar a su amigo y confidente.

Penetración rusa en el Estado de la mano de Trump

El autogolpe llega a niveles que incluyen lo inverosímil: crear lazos cercanos con el enemigo número 1 de EEUU: Rusia, el mismo país que viene enfrentando con EEUU una guerra permanente de espionaje, de armamentismo, de fuerza nuclear, de forma sostenida desde la profundidad de la guerra fría. El mismo país que enfrenta sanciones mundiales, de Estados Unidos y de la OTAN, por la invasión de Crimea en Ukrania.  Trump nombra como canciller a un amigo personal de Putin, el petrolero de Exxon Mobil, Rex Tillerson. Y el mismo Trump boicotea a sus propios servicios de inteligencia que han denunciado con todas sus letras el rastro digital que vincula la infiltración electrónica del Partido Demócrata con Putin. El libreto del autogolpe es sumamente lógico. Ataca en el plano internacional a los focos aliados históricos del país: golpea a México, rompe las bases geo-políticas del acuerdo militar con la OTAN, amenaza a Japón, rompe con el Asia-Pacífico abandonando el TPP. Cierra las fronteras comerciales. Con esto provoca una implosión económica lenta pero inexorable, que potencialmente puede crear inflación, disminuir la inversión externa, y que podría repercutir fuertemente en el empleo interno y la oferta de productos extremadamente baratos gracias a la apertura con China. Pero beneficiará a una minoría empresarial estadounidense, incluido el propio Trump y muchos de sus amigos del mundo financiero y comercial.

La desregulación total de la empresa privada y de los fondos de inversión de Wall Street (ya la anunció), junto a la planeada disminución drástica de los impuestos, especialmente de los ciudadanos más ricos, podría disparar el déficit estatal y sepultar la inversión social del Estado a niveles quizás menores a la situación de las arcas fiscales bajo Reagan. El autogolpe buscará eliminar al máximo las herramientas de regulación del Estado, eliminar al máximo los empleos federales (ya lo anunció), eliminar las restricciones medioambientales (ya se anunció), bajar el máximo posible el presupuesto de educación (ya se anunció), eliminar los subsidios de salud de la reciente reforma de Obama (ya lo anunció). No es, como quieren creer quienes apoyan las prácticas neoliberales, un grupo de políticas de libre mercado. Al cortar el flujo de inversiones propia de la globalización, al frenar el flujo de trabajadores migrantes, y boicotear todos los tratados comerciales vigentes, está alejándose completamente de la ortodoxia neoliberal.

Eliminación al acceso a la información pública

El autogolpe le comenzará a quitar la inteligencia profunda a las instituciones públicas. Ya anunció Trump la eliminación de las unidades de investigación científica, medioambiental, o de fuentes renovables de energía. Está ejerciendo la censura previa, promoviendo la orden de que nada se publique en los sitios web del gobierno relacionado con energía o medioambiente, que no pase antes por la aprobación de los equipos de transición en la Casa Blanca. Esto contraviene directamente las normas federales que precisamente prohíben que las agencias científicas o de salud retengan información de interés público. Ya hay señales de iniciativas para limitar el acceso y difusión de bases de datos del gobierno que lidian con datos demográficos, los que a su vez permiten canalizar fondos públicos a sectores de la población más empobrecidos.

Ya está ejerciendo la censura de prensa y de las redes sociales. Restringió a minutos de haber jurado como presidente al Servicio de Parques, que osó mostrar las fotos que demuestran los pocos espectadores que lo vieron jurar como presidente, y ha dado órdenes para frenar desde las cuentas de redes sociales la promoción del Acta sobre Cobertura de Salud a Bajo Costo (el famoso “Obamacare”), aunque la ley que lo gobierna está plenamente vigente.

La Casa Blanca como sede de “Trump Organization Inc”

El autogolpe también implica utilizar a la Casa Blanca como una sede más de sus negocios. En un par de hechos de la más absoluta gravedad, y sin ningún tipo de resquemor ético, Trump envió un mensaje de Twitter atacando a la multitienda Nordstrom por haber descontinuado su contrato de productos de belleza con su hija, Ivanka, por bajas ventas (la marca Trump se ha visto afectada por todo el barullo político de su fundador ahora presidente). No solo eso: el tweet fue a su vez reenviado desde su propia cuenta de la Presidencia de Estados Unidos. Más allá: la asesora de la Casa Blanca y ex portavoz de Trump durante la campaña, Kellyanne Conway, apareció en un matinal del canal de TV Fox News criticando las medidas de Nordstrom contra la hija del presidente y pidiendo a la teleaudiencia que comprara los productos de Ivanka Trump. Conway rompió de forma flagrante las reglas concretas que prohíben exactamente eso, utilizar un puesto público para beneficiar a privados.

Silenciar a la prensa

El autogolpe también pasa por desprestigiar al “Cuarto Poder”. Y lo está consiguiendo. Desde que era candidato y hasta hoy mismo, ha atacado sin tregua a la prensa, acusándola de deshonesta, de ser un desastre y de mentir a la hora de cubrir sus dichos y conducta. Todos los hechos criticables o ilegales asociados a Trump o a su gobierno, una vez que son difundidos por los medios de comunicación, son catalogados inmediatamente por el ahora presidente como “noticias falsas” (“fake news”) o como ataques políticos en su contra.

Las encuestas confirman que Trump supera ligeramente, dentro del margen de error, a la prensa en cuanto a credibilidad. Lo que es un logro impresionante, pues el presidente de los Estados Unidos busca neutralizar a los medios de comunicación, mintiendo a su vez cada día sin ningún tipo de vergüenza. Miente cuando dice que los índices de crimen han empeorado (es lo contrario, vienen hace años cayendo sostenidamente); que los empleos están desapareciendo (total falsedad, el nivel de desempleo está en un nivel mínimo histórico); miente cuando dice que la prohibición inmigratoria desde países musulmanes tiene que ver con la seguridad nacional (no hay ninguna amenaza ni ataque terrorista en suelo estadounidense que haya venido recientemente de esas naciones); miente cuando dice que no tiene conexiones con Putin (su canciller es amigo cercano del presidente ruso, al igual que algunos asesores de campaña); miente cuando dice que no tiene vínculo con sus propios negocios (pese a las apariencias, Trump no se aisló de sus empresas, y puso a cargo a sus propios hijos, e incluso nombró como asesor de la Casa Blanca a su yerno, esposo de Ivanka, también empresario). Le mintió incluso en su cara a la CIA, cuando los visitó en su sede central de Virginia, alabando su servicio al país, cuando hace pocos días los acusaba de nazis y de incompetentes, desde la época en 2016 cuando el servicio de inteligencia advertía que Rusia estaba interviniendo en las elecciones del país a favor de Trump. Miente cuando dice que hubo en las elecciones de noviembre entre “3 y 5 millones” de votos falsos, ejercidos según él por inmigrantes no ciudadanos, sin presentar ninguna prueba, ni lanzar una investigación a gran escala para aclarar un fraude que echaría a su propia presidencia por el abismo de la deslegitimidad.

El mundo mental de Trump es realmente de un paroxismo mitómano impresionante. En la misma reunión reciente ante la CIA describió el sol que salió en los cielos de Washington cuando comenzó su discurso de inauguración presidencial el 20 de enero pasado. Habló de cómo se detuvo la lluvia, y cómo el astro rey se elevó desde el horizonte para relucir ante el comienzo de su presidencia. Mientras fantaseaba con esta imagen de hijo pródigo bendecido por el milagro de la naturaleza, todo el planeta veía cómo la lluvia comenzaba justamente en el momento en que iniciaba su discurso, y no amainaba, aguándole la fiesta total y completamente. Se mintió también a sí mismo cuando habló de los “millones” que fueron a honrar su juramento, cuando solo un par de cientos de miles llenaban apenas un tercio de los prados de su ceremonia de iniciación.

La porfía de acercarse a Putin

La mentira más grave hasta ahora es la más reciente. El asesor de seguridad nacional, el ex general Michael Flynn acaba de ser despedido de su puesto, como chivo expiatorio del ocultamiento de los contactos de los asesores de Trump con autoridades rusas. La ley estadounidense prohíbe férreamente el contacto de personas naturales con autoridades de gobiernos extranjeros sobre asuntos de Estado, lo que queda restringido a los diplomáticos de la Secretaría de Estado (cancillería), los órganos de inteligencia o a los funcionarios activos.

Por semanas, el gobierno de Trump, incluido el vicepresidente Mike Pence y el propio Flynn, ha señalado que los contactos del ex militar el 29 diciembre con el embajador ruso Sergey Kislyak fueron de cortesía, condolencias por un accidente de aviación, etc. Claro que ese día, Obama, aún siendo presidente, había expulsado a una treintena de diplomáticos rusos, como respuesta a la intervención rusa en las elecciones de EEUU, principalmente al Partido Demócrata. Al siguiente día, el ministro de relaciones exteriores ruso, Sergey Lavrov, anunció medidas de respuesta a la expulsión. Pero inmediatamente Putin, en una movida extraña para la práctica diplomática de la reciprocidad, anunció sorpresivamente que no expulsaría a su vez a funcionarios estadounidenses, lo que hubiera puesto a Trump en una posición incómoda considerando su deseo de incrementar las relaciones con Rusia. Al contrario, Putin señaló que esperaría la asunción de Trump para continuar el diálogo. Horas después, Trump felicitó a Putin por su decisión, calificándolo de “inteligente”. Guion perfecto.

Ahora sabemos que Flynn sí habló con el embajador ruso sobre las relaciones entre ambos países. Aún no se publica la transcripción completa, pero Flynn aparentemente discutió el delicado tema de las sanciones de Estados Unidos contra Rusia por su anexión militar de Crimea. Dadas las alabanzas que Trump expresa constantemente sobre Putin, se espera alguna revisión a las sanciones, y Trump no ha confirmado ni desmentido si las mantendrá. Cualquier haya sido el contenido exacto de las conversaciones de Flynn, al parecer provocó garantías suficientes el mismo día de las sanciones de Obama, para aquietar las aguas y no provocar la ira rusa.

La mentira sobre lo inocente de las llamadas de Flynn fue repetida por el vicepresidente Mike Pence, el portavoz Sean Spicer, el propio Trump. Cuando se publicó la falsedad de las conversaciones, Flynn se apresuró en renunciar, decir que había mentido a Pence. Pero las denuncias de prensa continuaron. Se acaba de revelar que Trump sabía personalmente sobre el verdadero mérito de las conversaciones por lo menos desde hace un par de semanas. Y aparentemente el vicepresidente Pence fue aislado de esta información. Y ahora se ha dado a conocer que no sólo Flynn sino también otros asesores de la campaña electoral de Trump estuvieron en contacto con autoridades rusas. ¿Quién está, entonces, mintiendo? En la “era Trump”, cuando mentir es parte de las herramientas estratégicas, la respuesta a esta pregunta es… dudosa.

Todos estos antecedentes dejan en claro que, bajo el manto del programa electoral de Trump, subyace un ataque y conquista frontal del Estado. Es una neo-autocracia que recuerda, como coincidencia, a la propia campaña que llevó a Putin al poder. El líder ruso también prometió una “Rusia para los rusos”, y hacer al país “grandioso” nuevamente, recuperando su liderazgo mundial. Putin también hace todo lo posible por neutralizar el rol crítico de la prensa y la oposición, y también ha debilitado fuertemente el sistema electoral ruso, a su propio beneficio. Tal como lo ha venido intentando Trump desde la campaña presidencial, cuando denunció que el sistema electoral estaba “amañado”, y luego ya como presidente electo, cuando denunció que hubo fraude y que por eso perdió el voto popular. Las similitudes son elocuentes.

Putin está a punto de cumplir 20 años en el poder. EEUU no es Rusia, sin embargo. En teoría, sería difícil para Trump reprimir al millón de mujeres, niños y hombres que salieron a las calles para repudiar sus políticas al día siguiente de su juramentación. O acabar con la prensa, con la Corte Suprema, con el activismo progresista de oposición, o los “think tanks”, las universidades y la diversidad de opiniones de 300 millones de personas. En ese sentido, es de esperar que las medidas que favorezcan un autogolpe contra el Estado chocarán con las instituciones independientes que la Constitución garantiza, y todo desembocará, si el guion de la presidencia continúa sin cambios, en el aislamiento crónico del gobierno, hacia consecuencias que, ya lo supo bien Nixon, tendrán el sabor amargo de la derrota. Y la condena de la historia.