Crisis económica: La oportunidad de crear un nuevo balance EU-América Latina

Publicado originalmente en Revista Mensaje, Chile, en octubre de 2008


Patricio Zamorano

La crisis económica de este año produjo un cambio histórico aún no percibido en plena magnitud: separó casi definitivamente a las instituciones financieras internacionales, especialmente al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial, de la simbólica simbiosis política de las relaciones con Estados Unidos. Pero mucho antes de este proceso ya el FMI y el Banco Mundial habían comenzado a perder su antes considerado sólido poder de influencia sobre las decisiones macroeconómicas y de políticas públicas del continente. Si en 2005 el FMI prestaba a Latinoamérica un 44% de sus fondos disponibles, unos 47 mil millones de dólares, en 2007 prestó 804 millones de dólares, o un 5,2% de sus fondos, una caída dramática que ha desencadenado una de las más profundas revisiones al interior del organismo en los últimos años. El portafolio de fondos disponibles del FMI ha caído desde aproximadamente 106 mil millones de dólares en 2003 a unos 18 mil millones este año.

La disminución del poder del FMI ha ido acompañada de la pérdida de validación política de los condicionamientos que venían incluidos en los paquetes de ayuda crediticia, los que casi siempre terminaban por afectar el gasto público, y por ende a los sectores más vulnerables. La desregulación, entendida como la intervención menor del Estado para dejar actuar al mercado, ya ha sido abandonada por el propio FMI, y los países latinoamericanos ya no retrocederán en el nuevo paradigma que la actual crisis económica ha generado: la obligación del Estado de intervenir activamente en los procesos económicos y financieros para establecer límites, evitar colapsos producto de la especulación y resolver las inequidades. En una de las paradojas más reveladoras de esta última década, el FMI elogió el intervencionismo del gobierno de Estados Unidos para salvar a Fannie Mae y Freddie Mac, las dos instituciones financieras más importantes del mercado hipotecario del país. El paquete de ayuda llegó a los 200 mil millones de dólares. El FMI también apoyó el paquete general de intervención de 700 mil millones de dólares para inyectar fondos frescos al sistema bancario estadounidense. Un gran e impresionante cambio de óptica de una institución que demandaba de los países latinoamericanos, sólo hace pocos años, un menor gasto público y austeridad fiscal a cambio de los préstamos que entregaba.

Pero lo más interesante de este proceso es cómo los gobiernos del continente han ido fundando fuertes niveles de asociación con los Estados Unidos a nivel comercial y político, pero al mismo tiempo creando una voz propia y sorpresivamente crítica contra las instituciones financieras de Bretton Woods. Esto ha derivado, además, en una fuerte oposición contra las propias políticas económicas del gobierno de la primera potencia mundial. Es sintomático que los dos líderes de la América Latina de hoy, Michelle Bachelet y Luiz Inácio “Lula” Da Silva, que han creado lazos fuertes con Estados Unidos, sean los mismos que hayan advertido con ironía sobre la irresponsable acción gubernamental en el caso de la crisis “subprime” de Estados Unidos y su posterior efecto dominó en Wall Street. Bachelet advirtió ante Naciones Unidas que “la codicia y la irresponsabilidad de unos pocos, unidas a la desidia política de otros tantos, han arrastrado al mundo a una situación de gran incertidumbre”. Respecto al activo rol gubernamental en la crisis estadounidense, fue clara: “Qué paradoja lo que vemos en estos días. Con los planes de rescate de la banca internacional bien pudiera haberse solucionado el flagelo del hambre en el planeta”. Agregó que “la crisis económica internacional es una derrota de los que creen que nada se puede hacer, de los que creen que nada se debe regular, o que la desigualdad no se puede remediar”.  Sus fuertes críticas no le impidieron participar en un desayuno organizado por la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, después de su discurso.

El presidente Lula, en tanto, criticó el hecho de que los países pobres enfrenten un gran riesgo a raíz de crisis provocadas por las naciones con mayores ingresos. Lula también criticó el grado de influencia que el orden político mundial imponía, antes de la crisis, sobre los países más pobres. “Es inadmisible que vayamos a pagar por las irresponsabilidades de especuladores que transformaron el mundo en un gran casino, al mismo tiempo que nos daban lecciones de cómo gobernar nuestros países”. El presidente de Brasil fue más allá y apunta al meollo de esta columna: “Se acabó esto de que el mercado lo puede todo, se acabaron los tiempos en que las economías emergentes dependíamos del FMI, se terminó una América Latina sin voz propia”.

¿Qué dicen las cifras? Ya hay varios países que han saldado sus deudas con el FMI, entre ellas Brasil, que ya se está transformando en prestamista internacional. También está el caso de  Venezuela, que pagó completamente su deuda con el FMI y está ejerciendo, a través de PetroCaribe, funciones de fondo crediticio basado en la riqueza petrolera para varios países centroamericanos. Argentina, con la ayuda de Venezuela, también pagó su deuda con el fondo. Otros países, entre ellos Bolivia, Honduras y Nicaragua, fueron beneficiados con la condonación de sus deudas ante el FMI en 2006. Ecuador ya pagó su deuda también, al igual que Uruguay. Por supuesto, no significa que estos países están libres del peso de préstamos, pues aún tienen compromisos con otros organismos internacionales, entre ellos el Club de París, la banca privada internacional, el BID, y algunos programas aún financiados por el Banco Mundial. Sin embargo, lo que muchos de estos países buscaban era la independencia política de manejar sus propias agendas de gasto social y no repetir la experiencia de los noventa, donde la liberalización económica, la desregulación y la privatización masiva de activos públicos provocó varias crisis económicas que terminaron en crisis políticas y de gobierno.

La situación en la que el continente enfrenta esta crisis actual es distinta a la de los 80. Los precios de los alimentos, de los productos agrícolas y de las materias primas en general se han incrementado a niveles históricos en los últimos años. Según cifras de UNCTAD, el promedio de crecimiento de América del Sur ha sido sostenido desde 2003, y no ha bajado de 5% desde 2004 (cuando alcanzó un histórico 6,9%). El año 2007 el promedio del área llegó a 6,5%. Según uno de los últimos reportes sociales de la CEPAL, de 2007, la pobreza y extrema pobreza lograron ser disminuidas en un 3% y 2% respectivamente entre 2005 y 2006, con los mayores logros en Argentina y Venezuela. No obstante este avance, aún un 36,5% de la población latinoamericana vive bajo condiciones de pobreza, y un 13,4% en extrema pobreza. Estas cifras, sin embargo, son las más bajas desde 1980.

Ahora bien, el continente es en muchos sentidos distinto al de los 80 y 90, cuando la recesión estadounidense o crisis financieras coyunturales arrasaron con el sistema financiero continental. Muchos países cesaron sus pagos de deuda externa, varios gobiernos asumieron la deuda bancaria y la pobreza se disparó. La América Latina de siglo XXI posee reservas cuantiosas que permite a los gobiernos mucho más espacio de maniobra para mantener el tipo de cambio y agregar liquidez a sus mercados: Venezuela cuenta con un colchón de 40 mil millones de dólares; Brasil contaba a principios de este año con 187 mil millones de dólares; las de México llegaban a agosto de 2008 a 79 mil millones; Chile en el mismo mes llegaba a los 22 mil millones de dólares; Perú llegaba a los 35 mil millones, y Argentina, como muestra de su espectacular recuperación, tiene reservas por 47 mil millones. Por supuesto, el continente aún tiene un amplio abanico de dependencia del contexto internacional, y estas cifras no garantizan que esté libre de una recesión como consecuencia de la crisis estadounidense. La inflación, por ejemplo, se disparó en varios países a niveles récord en comparación con los últimos años, principalmente por el precio de los alimentos y los combustibles. Pero no hay duda que la capacidad de reacción es muy superior al pasado reciente, y la existencia de nuevos líderes de fuerte apoyo popular, mejores condiciones macroeconómicas, mayores precios de los productos exportados, mejores regulaciones al mercado financiero y de circulación de divisas, y menor deuda externa emitida en dólares garantizan por lo menos la existencia de mayores herramientas para enfrentar la crisis.

Pero más allá de las estadísticas macroeconómicas,  por primera vez en la historia la relación América Latina-Estados Unidos se funda en una relación más directa sin el filtro de las instituciones de crédito internacional, especialmente del FMI. Chile y Brasil ya hablan de una nueva “arquitectura” internacional. De esta nueva visión reformista se ha hecho eco el presidente francés Nicolás Sarkozy  quien está llamando a una “reformulación” del capitalismo, mientras Vladimir Putin señala que la confianza del mundo en Estados Unidos y Wall Street está “arruinada” para siempre. Los líderes latinoamericanos y europeos concuerdan en una base de reordenamiento mundial: la necesidad de crear relaciones de multilateralismo mundial, que eviten la concentración de riesgo y desbalance en un solo país, y que elimine la dependencia en una sola divisa mundial, el dólar.

Chile y Brasil pueden darse el lujo de ser críticos de uno de sus principales socios comerciales y mantener una relación de alianza que Estados Unidos incluso estimula para hacer frente al avance de la revolución bolivariana en el continente. Lula dialoga de igual a igual tanto con George Bush como con el presidente Chávez. Bush visita Brasil como parte de su gira latinoamericana y renueva el impulso en las negociaciones por el etanol de origen vegetal. Chile votó en contra de la invasión a Irak e igualmente logra la aprobación del tratado de libre comercio con Estados Unidos.

¿Qué tan sólido es este nuevo orden geopolítico? La crisis estadounidense llega, en cierto sentido, en el momento preciso en que se han construido condiciones óptimas para poner a prueba el nuevo entramado macroeconómico y político del continente. América Latina protagonizará en los próximos meses el contexto que históricamente ha reclamado: independencia y autonomía, económica y política. Estados Unidos ha estado demasiado ocupado en una desastrosa guerra en Medio Oriente que ha desangrado sus tropas y sus arcas fiscales, y se encuentra además en plena transición presidencial. La coyuntura económica ha alimentado, al mismo tiempo, el tesoro fiscal de la mayoría de las naciones latinoamericanas. El continente ha ejercido la crítica al modelo neoliberal y repudiado el orden impuesto por las instituciones financieras en los noventa. Si logra superar una eventual recesión de Estados Unidos sin un costo social y político desestabilizador, habrá fundado un nuevo balance de poder mundial sobre bases reales sólidas, más allá de la retórica simbólica aunque incapaz de otras épocas críticas y de otros gobiernos efímeros del pasado reciente.